Pensar la música

31 10 2007

ENTREVISTA:

OTRA FORMA DE CONOCIMIENTO
Pensar la música

LOURDES MORGADES 20/10/2007
El país.com

Aunque la música no ha logrado la integración que tienen las otras artes, el filósofo Eugenio Trías y el músico, ensayista y poeta Ramón Andrés reivindican su valor espiritual y terapéutico. Lo hacen en una conversación en la que repasan la pérdida de identidad cultural del oído frente a la vista en la sociedad actual y la marginalidad en la que vive la música culta respecto a la música popular, que marca las directrices de la sensibilidad y el gusto.

L a música ha sido objeto permanente de pensamiento desde Pitágoras y Platón, pero no fue hasta la aparición del movimiento Romántico, a finales del siglo XVIII, que se convirtió en fecunda materia de especulación como nunca antes se había conocido. Pensar la música ha sido desde entonces ejercicio recurrente de filósofos, pensadores y de los propios músicos, cuyos escritos frecuentemente han precedido a sus partituras. Para el filósofo Eugenio Trías, que acaba de publicar El canto de las sirenas (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores), y para el músico, ensayista y poeta Ramón Andrés, que a finales de noviembre publicará El mundo en el oído (Acantilado), la música es tema inagotable de reflexión.
“El gran mérito de la música del siglo XX ha sido el hallazgo de nuevos horizontes del timbre”
“La gente tiene necesidad de que la música les penetre. Y la música tiene esa capacidad, ese poder”

“La música de gran consumo ha quedado atrapada en las modas y la culta ha quedado relegada”

PREGUNTA. San Agustín se preguntaba en el siglo IV qué era la música. ¿Qué es en su opinión?
EUGENIO TRÍAS. Existe una definición tópica que dice que la música es el arte de organizar los sonidos que provoca emociones en quien la escucha. Pero yo rompo una lanza también por la inteligencia. La música tiene valor de conocimiento. A mí me permite conocer de una manera distinta de como conozco a través de la literatura o la filosofía.
RAMÓN ANDRÉS. Estoy de acuerdo. La música debe ser una forma de conocimiento.
P. Una forma de conocimiento no siempre valorado.

R. A. Cierto. Un cuadro de Joan Miró se pagará siempre muchísimo más que el Quinteto de viento de Arnold Schönberg, por ejemplo. La música es un arte que ha participado de la sociedad, ha sido aceptado, pero no es valorado porque, aunque tiene presencia, es inmaterial, y porque es inaprensible, no vale nada.
E. T. Pero sí tiene un valor espiritual. Llevo años reivindicando la noción de espiritual y por muchas críticas que reciba creo que es muy importante. Soy una persona de una cierta religiosidad y es la música la que me la suscita, no las otras artes. Me comunica con una cierta trascendencia. Luego, también los poderes terrenales intentan organizar ahí su iglesia, pero la música responde y la humanidad desde que existe ha estado acompañada con esta inquietud.
R. A. Y no hay que olvidar su poder terapéutico. Desde los pitagóricos, pero también en la India, en las culturas africanas, los chamanes siberianos …, desde tiempos inmemoriales se ha curado con música. Es verdad que algunos tomaban plantas alucinógenas, pero entraban en trance también por el sonido, porque el sonido es energía, y eso se ha olvidado.
E. T. Yo he sufrido una grave enfermedad no hace mucho tiempo y reconozco que a mí la música me fue muy bien. Ha sido absolutamente curativo para mí tener cerca a un compositor.

Evidentemente buscaba compositores que no fueran muy elegiacos, ni melancólicos.
P. Estos valores de la música, ¿no han pasado a un segundo plano en nuestra cultura, la occidental, eminentemente visual?

R. A. Existe una pérdida de identidad cultural, espiritual, del oído frente a la imagen. Los grandes compositores medievales y renacentistas sabían que el sonido era algo que se movía, que tenía una entidad propia. Pero cuando se encerró el sonido en esa caja que es una sala de conciertos, donde la música debe tener una personalidad como discurso pero no como sonoridad, fue donde el oído se perdió, se entumeció y ensordeció. La gran aportación de la música contemporánea ha sido darse cuenta de que el sonido tiene mucha importancia, de que la espacialidad de la música no tiene por qué discurrir en un tiempo cronológico. La música contemporánea viaja por zonas del individuo que no eran conocidas. Era necesario limpiar el oído, pensar que la música no siempre tiene que producirse en una duración determinada, que no es una retórica ni una morfología del lenguaje hablado y que no tiene por qué tener necesariamente una deuda tan importante con el melodrama.
E. T. Más que el cuestionamiento de la tonalidad, que siempre se pone en un primer plano, el gran mérito de la música del siglo XX ha sido el hallazgo de nuevos horizontes del timbre. El descubrimiento del acorde tímbrico, incluso usos nuevos de los instrumentos.
R. A. Hay que recuperar la importancia que tenía el sonido, el oído, en el principio de los tiempos.
P. ¿Cómo puede hacerse esa recuperación si la música del siglo XX, la que llamamos música contemporánea, es precisamente la que parece estar más alejada del oyente?

E. T. Eso sucede porque el oyente está acostumbrado a unos códigos y ya tiene una horma auditiva. La música del siglo XX es producto de una reacción, del cansancio, del hartazgo de toda esa música que durante los últimos siglos de nuestra cultura se ha llenado de autobiografía hasta llegar a la asfixia. Escuchar la música contemporánea requiere en ocasiones del esfuerzo del oyente. No se te entrega fácilmente, pero las mejores seducciones no son las que se entregan de inmediato, hay que conquistarlas.
R. A. En el siglo XX la música entró en una fase de una enorme audacia, por ejemplo el cuestionamiento de la tonalidad, la entrada en otras formas de entendimiento del concepto mismo de la materia sonora, la especificación de todos los parámetros musicales, la labor en este sentido interesantísima de todos los serialistas, de las escuelas de la segunda posguerra. Pero también creo que lo que ha dado dramatismo a la historia de la música es que se ha exacerbado la fuerza, el control del poder público, económico sobre todo; del capitalismo, en definitiva.
P. ¿Al negocio de la música?

E. T. Sí, a unos niveles muy rudos y con músicas muy rudimentarias. Pero en este mundo nuestro desquiciado, entendámonos, el capitalismo, esos espectáculos en grandes explanadas con cosas horrendas también tienen elementos auténticos. Porque la gente tiene necesidad de que la música les penetre. Y la música tiene esa capacidad, ese poder.
R. A. Es muy bonito esto que dices. Hay autores que creían que la música penetraba por los poros del cuerpo.
E. T. El mismo Platón pensaba que entraba en el hígado.
R. A. En el hígado, fíjate, esto es bonito pensarlo.
P. La música parece haberse disociado en el siglo XX del resto de las artes. ¿A qué se debe?

R. A. En la música del siglo XX los argumentales se han vuelto mucho más complejos, han cambiado, y ahí es donde encontramos un panorama fascinante con los grandes místicos del sonido, los espectralistas, el último John Cage o Morton Feldman. Todos ellos son líricos, hacen poesía. Nos hallamos en un momento muy fascinante y fecundo, de nuevos horizontes en la argumentación musical. Ocurre, sin embargo, que mientras en otras artes, como la pintura, la arquitectura, el teatro o la literatura ha habido una especie de integración y acomodo natural en las estructuras de la modernidad, incluso en las formas institucionales y de poder económico que la constituyen, y llegan al público, la música topa con los poderes terrenales, que se inclinan por un tipo de música, la de la cultura de masas, de una calidad dudosa, aunque de vez en cuando haya destellos y despuntes.
P. ¿Se refiere al pop y al rock?

R. A. Sí. Del rock y el pop en adelante, que quizá tuvieron unos inicios creadores, pero que luego los propios poderes terrenales han devorado. Y está también la música de una cierta cultura, pero que no es una cultura innovadora ni avanzada, sino que más bien es una cultura de conservación pero que despierta todavía mucho interés, como es el caso de la ópera italiana, la de Wagner, los festivales de verano de Salzburgo o Bayreuth, con todo su star system, que es más de intérpretes y directores de orquesta que de compositores. La música realmente innovadora, y en España, donde todo se agrava, más, está en un estado de bastante desprotección. Los buenos compositores no tienen el reconocimiento que necesitan y merecen, ni el apoyo público que se requeriría en ámbitos donde debería regir la excepción cultural. La música no ha logrado todavía la integración que tienen las otras artes. Ha quedado arrinconada. En parte por la propia tendencia que tienen los músicos a una cierta autoprotección lógica y porque la musicología ha sido a veces muy hermética, pero también porque como es un mundo difícil muchos pensadores y gente de la cultura tienen miedo a penetrar en este terreno.
E. T. Hay conceptos que se manejan mal, por ejemplo, los de minoría o elitismo. Lo negativo es una cierta cultura de masas dictatorial, que marca despóticamente las directrices de la sensibilidad, el pensamiento y el gusto.
P. ¿La cultura que marca las modas y tendencias musicales?

E. T. Exacto. El índice de audiencia como único referente.
R. A. Al precio que sea.
E. T. La música de gran consumo ha quedado atrapada en estas modas. No quiere decir esto que la música que nos interesa, la música culta, haya perecido, pero sí que ha quedado seriamente relegada, aunque ahora yo también creo que el futuro está en ella.
R. A. Hombre, el futuro siempre ha estado en esta música que es minoritaria.
P. ¿La clásica siempre ha sido una música minoritaria?

R. A. Hay un dato objetivo. En su momento de decadencia, Mozart, que ya estaba enfermo, organizaba él las audiciones de sus propios conciertos para piano. Los escribía, vendía las entradas y los tocaba. Está documentado que la vez que más entradas vendió fueron 174. Ahí quedó un concierto de Mozart. Por tanto, la música culta nunca ha sido popular, siempre se ha movido en estas 174 entradas de Mozart. El caso de Verdi, que es otra historia, está ligado a movimientos sociales y es puntual.
E. T. Este caso coincide con un momento espectacular de Italia, el resorgimento y la lucha contra los austríacos y el Vaticano. Y cantan el Nabuco, que tiene una función subversiva, y se convierte en un himno nacional, aupando de paso también a Verdi. Pero es un caso muy puntual, en el siglo XX es difícil encontrar algo similar.
P. ¿Tiene ideología la música?

R. A. La música ha estado al servicio de las ideologías.
E. T. Le ocurre como a todo. Las cosas buenas atraen a los peores socios. Ha ocurrido con la religión y con la música también. La música, además, tiene que ver con lo más irracional, con las matemáticas y con desatar las más bajas pasiones. Y puede servir para una ceremonia de campos de concentración y de hornos crematorios o para marchas militares de todo orden.
R. A. La música es una excelente transmisora de ideas, de ahí el apoyo que le dio la iglesia. La gran defensa del primer cristianismo se fundamentó en la música, en utilizarla para propagar sus ideas. Y actualmente sirve a los intereses del consumo, a la cultura de masas.
P. ¿Cómo ven musicalmente España?

E. T. Tuvo su momento, en la época de las catedrales.
R. A. La gran música española se terminó a principios del siglo XVII con Tomás Luis de Victoria.
E. T. España se ha mantenido en literatura hasta Francisco de Rojas y Calderón de la Barca, en pintura hasta los discípulos de Velázquez, Goya ya es un fenómeno completamente extemporáneo, pero en filosofía y en música se acaba con Francisco Suárez y con De Victoria, respectivamente. Y entonces hay que dar, como siempre ocurre en este país traumático, un salto mortal hasta los nacionalismos, con Pedrell como maestro de Manuel de Falla, Enrique Granados e Isaac Albéniz. Y, para dar un mensaje esperanzado, diré que actualmente hay una muy buena generación joven de compositores que rondan los 70 años. Porque, además, el reconocimiento es muy tardío, y en España todavía más. Mire, tengo una tesis personal de este país. Sale de una Guerra Civil que divide a la sociedad, y ésta es una herida que todavía tenemos. Y se da un pacto tácito de todos en una sola cosa: salir del hambre. Pero no ha habido ese mismo pacto en la educación y la cultura. Ahora, España es un país enriquecido, pero los niveles culturales son muy bajos. Y la música, que no tiene tradición, se resiente.

***
Una antigua pasión

EN LA VIDA de Eugenio Trías (Barcelona, 1942) la música fue antes que la filosofía. Y eso que su entorno familiar no fue muy musical, pese a que su madre tocaba el piano, “de rutina”, afirma él. Hijo mayor de una familia numerosa de las de antes, con las se podía formar la alineación de un equipo de fútbol sin salir de casa, Eugenio sintió pronto la necesidad de aislarse de su ruidosa tropa de hermanos y a los 11 años se encerraba en su habitación, donde encontraba la paz a través de la música clásica que sonaba en la radio. Así conoció a Mozart, Beethoven, Chopin, Schumann…, todos los grandes compositores del diccionario de la música desfilaban por el receptor y luego él los buscaba en los libros de biblioteca para saber más de aquellos nombres, casi siempre alemanes, que tanto le emocionaban. Estudió incluso solfeo y piano para saber más, pero a la hora de la verdad dejó a ese amor juvenil a un lado y se casó con la filosofía.
Pero ya se sabe que los amores juveniles siempre dejan huella, y en la obra filosófica de Eugenio Trías la música ha sido tema recurrente, a veces de forma más evidente, como en Drama e identidad (1974), donde realiza un análisis comparativo entre la estructura dramática y la sonata, o en El artista y la ciudad (1975), y otras más soterradas. Ahora, con El canto de las sirenas (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores), recorre 400 años de historia de la música fusionando en un ensayo de 1.000 páginas su pasión musical con la filosofía. L. M.
Músico, poeta y ensayista

ASEGURA QUE a través de la música, del sonido, empezó a entender y conocer el mundo y que todavía ahora, transcurrido el tiempo, le sigue sirviendo tanto o más que al principio. Y al sonido, la música, la poesía y la escritura dedica Ramón Andrés (Pamplona, 1955) su vida; la vida de un “estudioso, un apasionado de la música”, como él la define. En otra época fue cantante, pero tras una década recorriendo los escenarios europeos interpretando música antigua, su especialidad, abandonó la vida itinerante para dedicarse a los libros, a leerlos y escribirlos alejado del mundanal ruido.
Alumno de José Manuel Blecua Teijeiro en la Universidad de Barcelona, aprendió de él el gusto por la lectura que tanto le apasiona, y, sobre todo, a reflexionar sobre los movimientos estéticos. Ejercicio, el de reflexionar, que le ha convertido en exquisito poeta -Imagen de mudanza (1987), La línea de las cosas (1992) y La amplitud del límite (2000)- y erudito ensayista, con obras que analizan desde la poesía barroca al suicidio, cuya historia escribió después de que un amigo suyo se quitara la vida.
Pero la música es la niña de sus ojos, y al monumental Diccionario de instrumentos musicales (2001), a su biografía de Mozart (2003) y a su espléndido ensayo sobre Bach, a través de su biblioteca, le sigue ahora la guía de divulgación El oyente infinito (DVD Ediciones) y el erudito ensayo El mundo en el oído. El nacimiento de la música en la cultura (Acantilado), de próxima aparición. L. M.
***
De Adorno a Stravinski: una bibliografía básica

Ésta es la bibliografía básica que Eugenio Trías y Ramón Andrés proponen para pensar la música.
Theodor W. Adorno. Sobre la música (Paidós, 2002) y Escritos musicales, 3 volúmenes (Akal, 2006). Ambos son buenos para conocer la música centroeuropea y los problemas formales de la tonalidad.
John Blacking. ¿Hay música en el hombre? (Alianza, 2006). Estudio antropológico sobre el impulso musical del ser humano.
Pierre Boulez. Puntos de referencia (Gedisa, 1984, tercera reimpresión, 2001). Texto fundamental para conocer la música contemporánea.
John Cage. Silencio: conferencias y escritos (Ardora, 2002). Magnífico libro para conocer los distintos lenguajes de la música.
Carl Dahlhaus. Estética de la música (Reichenberger, 1996), Fundamentos de la historia de la música (Gedisa, 1997) y La idea de la música absoluta (Idea Books, 1999). Espléndidos libros de análisis histórico y estético que son el paradigma de la aproximación a la música absoluta.
Enrico Fubini. Estética de la música (Machado Libros, 2002), Música y lenguaje en la estética contemporánea (Alianza, 2004), El siglo XX: entre música y filosofía (Universidad de Valencia, 2004), La estética musical desde la antigüedad hasta el siglo XX (Alianza, 2005). Autor básico que ofrece una exposición magistral y sutil que supone un contrapunto a los criterios de Adorno.
Antoine Hennion. La pasión musical (Paidós, 2002). Básico como introducción en la percepción musical y el efecto en el oyente. Vladímir Jankélevitch. La música y lo inefable (Alpha Decay, 2005). Autor que ayuda a escuchar sonoridades menos raciones que las que propone Adorno.
Peter Kivy. Nuevos ensayos sobre la comprensión musical (Paidós, 2005). Una revisión sobre el papel de la música en las formas del saber y el intelecto.
John Neubauer. Emancipación de la música (Machado Libros, 1992). Excelente análisis sobre la independencia del lenguaje musical y la demostración de la ruptura con las antiguas formas.
Walter F. Otto. Las musas y el origen divino del canto y del habla (Siruela, 2005). Apasionante y erudito estudio sobre el origen de la música.
Pierre Schaeffer. Tratado de los objetos musicales (Alianza, 2003). Un clásico sobre los conceptos musicales y su incidencia sociológica.
Marius Schneider. El origen musical de los animales-símbolos en la mitología (Siruela, 1998). Magnífica exposición del origen sagrado de la música.
Arnold Schönberg. El estilo y la idea (Idea Books, 2005). Ideario de la nueva música.
Anthony Storr. La música y la mente (Paidós, 2002). Análisis sobre la recepción del sonido, su acción sobre la mente y su transformación en emociones.
Ígor Stravinski. Poética musical (Acantilado, 2006). Comentario sobre la forma, la evolución del lenguaje y el papel del compositor.
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[Fotografía superior: Escultura del compositor John Cage. El país.co]
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