La música por dentro

26 11 2007

DANIEL SAMPER PIZANO 24/11/2007
Babelia [El País.com]

Ritmos como el vallenato y la salsa han inspirado a los escritores.

Afirma Gabriel García Márquez que Cien años de soledad no es más que un vallenato de 350 páginas. Hay quienes interpretan esta frase como una boutade del creador de Macondo; otros piensan que es una manera de propagar el folclore de su tierra. Pero quienes han estudiado la música vallenata y sus semejanzas con el mester de juglaría europeo saben que el tono narrativo de Cien años de soledad es, precisamente, trovadoresco.

Si el vallenato se bailara, ‘Cien años de soledad’ sería una novela bailable

Allí se cuentan historias y sucesos con la misma naturalidad con que las relataban los juglares provenzales en la Edad Media o los del Caribe colombiano en los últimos dos siglos. En el mester vallenato abundan las casas construidas en el aire, los viejos generales que lloran como niños por el amor de muchachas adolescentes, los reyes montaraces que coronan diosas, los manantiales que brotan para bañar doncellas, los contrabandistas que cubren de perlas a sus amantes… Son la misma materia prima y el mismo tono que utiliza García Márquez para moldear su obra. Si el vallenato se bailara -y los cánones del género mandan que no se baile, pues es música inventada para relatar y escuchar historias- Cien años de soledad sería una novela bailable.

Como en las endechas de trovador y los cantos vallenatos, en Cien años el autor se menciona a sí mismo. La tradición de incluir el nombre del autor en algún punto de su obra fue creada por los cantores errabundos de Provenza y la copiaron los de Valledupar y alrededores. Lo hace también García Márquez cuando él mismo asoma en su novela rodeado de amigos, uno de los cuales, miren ustedes, es el compositor vallenato Rafael Escalona.

Cien años de soledad no es el único caso colombiano en el que la música ejerce poderosa influencia en la creación literaria. Curiosamente, los sones tropicales, alegres y bullangueros han inspirado más a los novelistas colombianos que los aires melancólicos andinos, pese a que la mayoría de la población habita en las tierras altas. Seis años después de la crónica juglaresca de Macondo, Manuel Mejía Vallejo (1923-1998), premio Nadal 1968 y premio Rómulo Gallegos 1989, escribió Aire de tango, una novela que gira en torno a Carlos Gardel. El zorzal criollo viajó en 1935 a Medellín, ciudad que disputa con Buenos Aires el amor por el tango, y allí encontró la muerte en un accidente aéreo. En su obra, Mejía Vallejo se aventura por las comarcas de la mitología popular, y lo hace con ecos de bandoneón.

Si hay entre los narradores colombianos del último medio siglo un autor de culto, ése es Andrés Caicedo, tímido y talentoso caleño que sostenía que era “una estupidez vivir después de los 25 años” y a esa edad se suicidó. En ¡Que viva la música! (1975) Caicedo realiza un viaje por el mundo marginal del rock y la salsa en Cali, una ciudad situada cerca del mar Pacífico pero que vive intensamente la música caribe. Son historias juveniles de desencanto, droga y búsqueda (inútil) del sentido de la vida. La noche salsómana y rockera también experimenta un descenso a los infiernos en la novela ganadora del Premio Plaza & Janés 1982, Conciertos del desconcierto (1981), de Manuel Giraldo. Contemporáneo de Caicedo, Giraldo explora las raíces cuasirreligiosas de la música que vivieron los jóvenes de los años setenta.

El son y la guaracha ocupan lugar más alegre, aunque no menos propenso al delirio, en los cuentos de Bomba camará (1973) y la crónica novelesca Celia Cruz, Reina Rumba (1981), de Umberto Valverde, otro caleño que hoy tiene 60 años. Según Guillermo Cabrera Infante, Valverde es “un leviatán que lleva música adentro”.

García Márquez y Mejía Vallejo -ambos nacidos en los años veinte- se interesan por la capacidad mítica y poética de la música. A diferencia de ellos, los narradores de generaciones posteriores buscan en la música las raíces de la marginalidad social y la contracultura juvenil. Aún hay otro caso memorable de influencia musical en Colombia, y es el del venerado y venerable León de Greiff (1895-1976), que construyó una obra poética donde se escuchan los ritmos y estructuras de los compositores clásicos: nada de Compay Segundo; puro compay Mozart.

Lea este artículo en Babelia [El País.com – España]


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