Crítica impenitente: la función “autor”

24 01 2008

Juan Muñoz. “figuras colgantes”. Foto: La Vanguardia.es

“¡Ups, lo hice de nuevo!”
—Britney Spears

“Usted ha escrito tanto y con tal desmesura que ha traído descrédito a
su nombre. Ahora, en represalia por su inmodestia, sus textos pasados,
presentes y futuros serán imposibles y no tendrán para nosotros la
relevancia crítica que intentan despertar”. Esta fue la solemne
profecía que le hizo en un foro de Internet un lector a un crítico —o
un autor a otro autor pues Internet y sus posibilidades de publicación
nos dan a todos la oportunidad de ser “autores”. A la vez, el profeta
le sugería al crítico que reflexionara sobre “el tema de participar de
forma moderada” y le señalaba que su incontinencia crítica y su
“tonito” de voz afectaban el código social y la acústica moral del
sitio de reunión, “descanse”, “piénselo”, “¡resígnese!” le decía. Pero
para el crítico no basta con pensar o descansar, hay que escribir
—escribir es el incesante ejercicio que hace la crítica para pensar.

El crítico, entonces, escribe un texto: comienza como una réplica a
una colección de autores que se han ocupado de “su inmodestia” pero
pronto se aleja de la reacción inicial; quedarse ahí sería limitar la
escritura a los chispazos emotivos y destellos pirotécnicos de los
inevitables juegos de estatus. Y, desde la experiencia de la lectura,
el crítico hace un ensayo que gira alrededor de una pregunta:

“¿Qué es un autor?”

La cuestión, a pesar de tanta discusión en los foros de Internet, es
para muchos un asunto virginal, romántico, sagrado, atávico y la
muestra es que bastantes lectores que fingen atención no son cuidados
al leer lo que se dijo, cómo se dijo o (para este caso) cuando se dijo
—y lo que más les importa es saber quien lo dijo. Son lectores y
“autores” tacaños, se ahorran el ejercicio de recoger evidencias y
limitan su opinión a una tarea primaria de sumas y restas: le suman o
restan puntos al texto de acuerdo al balance crediticio del autor —lo
miden todo con una regla mojigata que resta puntos por “protagónico” o
“intenso” y suma puntos por “moderado” (esto lo practican algunos
periodistas culturales cuando, para calificar positivamente —o
pasivamente— una obra, dicen que el autor “careció de pretensiones”).

“Crédito y descrédito: crítica y autoría” es el título del texto que
escribe el crítico. El texto, enviado por una lista de correo, llega
con el nombre del remitente al buzón del lector y ese dato puede
bastarle a muchos para borrar todo el mensaje o, cuando en la página
de Internet aparece el nombre del desacreditado crítico, el contenido
puede obviarse rápidamente, sólo hay que hacer clic en adelantar —aquí
no se lee por obligación, esto no es el colegio. Y si los textos
desaparecen de la vista, no hay que ver esto con resentimiento, la
lectura es un contrato entre dos partes, si una parte falla la otra
parte no tiene que actuar de igual manera, hay que escribir, hay que
leer, o hacer ambas cosas (a la larga son lo mismo). Pero no se trata
de quitarle toda carga emotiva al debate, de hacerlo “políticamente
correcto”, sería iluso (y hasta aburrido) pensar que se pueden evitar
la admiración y el desprecio o la emulación mutua y la competición
envidiosa, o no admirar la belleza del nocaut que produce una
respuesta contundente, o huir del psicologísmo y sus explicaciones, o
no frecuentar el teatro de la sátira, o dejar de reír con la comedia
humana del poder; es claro, crítico y lector, o autor y autor, se
ponen en juego a través de un combate mutuo; sin embargo, antes de que
un cruce de amor o desamor se apodere totalmente de la escena, es
necesario que continuamente ambos actores se retraigan del texto y
dejen el puesto vacante para esa invención que los convoca y los une:
el lenguaje.

“¿Qué es un autor?”. El autor o el nombre del crítico importan, pero
sobre todo como función, como dato útil para los registros de
nacimiento, para escribir un nombre y un apellido en un sufragio o
como tema de conversación en una reunión social donde ante un silencio
incómodo hay que hablar bien o mal de alguien; pero, ante el lenguaje,
lo que es relevante es el texto, la obra (crítica), la interpretación
venga de donde venga; no importa si viene de una voz en apariencia
solitaria o de las voces de un ruidoso foro de discusión, hay que
extraer “algo” veraz de ese barullo, de ese texto continuo y extraño
que escribe un congreso variopinta de autores: nadie dijo que la
lectura sea algo fácil, limitar la susceptibilidad y veneración que
nos produce la autoría o recordar que la palabra “persona” también
significa “máscara de actor” pueden ser una ayuda. Leer es trabajar…

“He luchado contra la botella, pero tuve que hacerlo borracho”
—Leonard Cohen

—Lucas Ospina
[esferapública]


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