Boom. Explosiones en secuencia: Art in Columbia

17 04 2008

NY Arts Magazine

El Índice de Planeta Feliz que realiza la organización británica New Economics Foundation ubica a Colombia en el segundo lugar de los países más felices del mundo superado solamente por la isla del Pacífico Vanuatu, en cambio la también británica organización Economist Intelligence Unit le dio el puesto número 116 en el Índice Global de Tranquilidad lo cual significa que nuestro país es, según este ranking, un poco menos violento que Irak a solo cinco puestos por debajo finalizando la lista de 121 países.

Ser muy feliz entre tanta violencia es una dualidad como tantas de la sociedad colombiana cuyas características y comportamientos no parecen coincidir, en cambio si aparentan confrontarse hasta en los terrenos artísticos que por supuesto no escapan al desarrollo nacional. El llamado del arte en Colombia es paradójico en cuanto actitudes y propósitos como compromisos y omisiones; hay obras evidentemente influenciadas por el conflicto mientras otras hacen caso omiso a él pero no por eso menos desprendidas de su contexto o ingenuas de su temporalidad.

Aquello que las diferencia parece ser una supuesta relación desigual con la ética, un punto muy polémico para el arte contemporáneo que es tan heterogéneo como esa misma noción; si algo caracteriza la producción actual es la disolución de los límites estéticos, técnicos y por supuesto éticos, y la invasión hacia las esferas tradicionalmente restringidas. Entonces comenzamos a ver trabajos comúnmente sobre las víctimas de un conflicto que nos asigna un número más allá del centenar, confundiendo la práctica artística con un activismo mesiánico bañado en el racionalismo moderno de las vanguardias del siglo XX, aunque sea eso cosa del pasado.

Por lo tanto cierta actividad panfletaria tan proliferante por estos hace desaparecer el arte para sumarse a las provocaciones y rechazos sociales que no conducen a nada concreto, luego entendemos y muchas veces compartimos, las críticas hacia obras que exponen la “colombianidad” en países más tranquilos para que éstos sean más felices divirtiéndose con nuestra violencia. Pero por ningún motivo hay que desconocer que hay una vasta producción artística en Colombia que asume su situación socio-política con investigaciones rigurosas y señalamientos importantes que no refuercen prejuicios que irónicamente otras propuestas intentan destruir.

En ese sentido, Alejandro Ospina, en su reciente proyecto Ventana, evitaba hacer juicios sobre unas imágenes muy fuertes cuya magnitud particular reemplaza su dimensión física por digital para ofrecerse neutralizada en el flujo cibernético: “Cuando uno ‘googlea’ Colombia-flores, Colombia-lindo Colombia-lo que sea, termina llevándote siempre al conflicto”. No por eso, hay que tomar a la ligera un nivel de percepción que invierte la intención de su trabajo: “Lo que me ha impresionado mucho es la resistencia de los colombianos hacia la violencia, lo cual me interesa más que la violencia en sí. ¿Por qué somos uno de los países más violentos y al mismo tiempo uno de los más felices? Esa resistencia me parece muy interesante”. Como las carreteras colombianas que, conectando lugares, visitan cantidades de ciudades y pueblos sin tener que entrar necesariamente en ellos, solo circundándolos para respetar las dimensiones de experiencias que allí ocurren, tal como el tema de la violencia y su relación con el arte; finalmente esos lugares de tránsito hacen parte del camino y no necesariamente el destino.

Los artistas expresan al unísono el derecho que sienten de utilizar su país porque lo que ahí ocurra más que patrimonio nacional es personal; no hay prohibiciones ni regulaciones sobre el material que “produce” Colombia, por la tanto los discursos reiterativos que juzgan los trabajos que señalan, denuncias y subvierten problemas sociales, atribuyéndoles términos como malo, incorrecto o amoral, procuran invalidar a como de lugar, la legitimidad de un acto reflexivo sobre una cotidianidad imposible de evadir, posibilidad que indudablemente existe siempre y cuando la distancia crítica le permita al artista reconsiderar aquellas reflexiones que estén al borde de la comodidad que conlleva el “compromiso político” ejecutado desde la tribuna artística o abandonarlas una vez se encuentren del lado oportunista.

Entendamos entonces, que lo debatible son las posibles entradas a ese “asunto artístico” tan álgido, muchas veces resuelto con una contundencia que logra escaparse de su contexto particular para insertarse en uno más universal que encuentra la posibilidad de vivir la propuesta con igual coherencia y entendimiento, haciendo de las dinámicas internas y externas, un ritmo inconfundible como la Sístole y Diástole, que en el video de Juan Melo se refiere, en primer lugar a la desaparición y aparición de un dibujo de Colombia hecho con cocaína; muerte y recreación nacional que ocurre mientras alguien aspira el motivo de un prejuicio popular que en segundo lugar, produce una serie de efectos rítmicos (según la terminología que estamos empleando) que completan una amplia oferta de asociaciones y significados.

Es un trabajo que podríamos definir minimalista en su formalización, abundante en su contenido, comprometido con su contexto pero generoso con uno menos local y ante todo, agudamente directo al sistema circulatorio de políticas nacionales e incluso internacionales.

La actitud política de un artista nada tiene que ver con colores partidistas ni con gestos politiqueros. Si miramos con atención los trabajos políticos bien logrados, evitan caer en el cliché de la representación de la guerra, la masacre o el desplazamiento, recurriendo paradójicamente y alterando efectivamente el prejuicio del país violento, coquero o desfachatado como en el caso del trabajo de Francesca Bellini Joseph: “las máquinas expiatorias tienen unos alcances insospechados porque develan con ironía los prejuicios sociales, culturales, de género y por supuesto religiosos. Les sirven a todos pero cada cual tiene que ver, según sus pecados, cual es la que más le conviene”.

Lo que ocurrió en el Palacio de Justicia, el poder político que representa la Alcaldía y aún más la poderosa arquitectura del Congreso de donde salen una cantidad de escándalos, no menos que desde la institución religiosa, llevó a Bellini a pensar en las capas tácitas de pecados, culpas y lamentaciones que se superpusieron desde tiempos coloniales “en ese momento sentí lo fuerte que puede llegar a ser La Plaza de Bolívar porque cuando cargaba la máquina y recorría sus lados pensaba en la cantidad de signos que se podían expiar, tantos que mi máquina resultaba insuficiente”

En este trabajo la combinación de dos elementos diferentes, que en gramática son la sintaxis y el significado relevante del semantikos, hacen de cada máquina una suerte de poesía “objetual”, cuya forma proyecta una amplitud de significados y libre asociaciones.

Las bombas, por ejemplo, tienen una doble significado en Colombia; por un lado su dimensión festiva la convierte en un elemento de relación social, un icono que encarna cualidades livianas, inofensivas, sensibles a los motivos que ella concentra y metáfora de un país feliz. La contraparte es un dispositivo explosivo, dañino y pesado, icono del país violento. “El carro bomba” de Carlos Blanco explora esa dualidad haciendo de las sensibilidades sujetas a un tema tan delicado, una experiencia lúdica: “Quiero que el espectador que venga, sienta lo que es el miedo en esta contemporaneidad. Generarle eso, con un sentido positivo, hace que se confronte con sus miedos y cambie”.

“El carro bomba” es una imagen fantástica de una estructura hecha en papel seda elevada por acción de las bombas alterando la noción de su referente. La relación por oposición es muy marcada en su caso, no solo entre levedad y pesadez sino también su contenido lúdico enfrentado al peligro inminente de la liberación del gas que soporta la estructura, mientras unas agujas amenazadoras se erigen desde el suelo esperando un encuentro violento que acabe con la felicidad de un ensueño ingenuo para mostrar la realidad de una guerra que de ninguna manera es juego de niños.

Rodrigo Echeverri, en cambio, explora otra dimensión de la guerra, una estéticamente ideológica relacionada con el lenguaje que históricamente ha sido un arma mucho más amenazadora que la bomba atómica; el conocimiento ha sido el propósito recurrente de la ambición humana y el motivo del castigo divino que significó la expulsión del paraíso. La dimensión del saber es vertical porque asciende hacia al cielo buscando conquistarlo y encuentra varias metáforas de las cuales la más conocida es la Torre de Babel, que a su vez, representa el poder constructivo o destructivo de la palabra.

Con la aparición del libro en Sumeria se fundó la más extraña relación entre el hombre y el saber, desde los biblofagos hasta los bibloclastas. En Bibliografías, Echeverri interviene ciertos libros fundando una dualidad entre su contenido y el dibujo. Para Rodrigo Echeverri “la transmisión de conocimiento esta mediada por intereses que están por encima de su receptor. La censura y hasta la manipulación de las ideas contenidas en los libros son prácticas que se continúan haciendo, aunque es un fenómeno que se presenta con mayor frecuencia en los medios masivos de comunicación, en cierta medida porque la educación deficiente limita el acceso a la lectura”.

Tanto la felicidad como la violencia en Colombia no fueron establecidas por ella misma sino por la mirada del otro que emite juicios desde su condición. La incómoda relación entre el que mira y el que observa, juez y reo, sujeto y objeto se mide globalmente por un index político y económico, que es el poder para concederse posiciones. La conducta aprendida, asimilada y aceptada del artista produce y refuerza estereotipos para que los tranquilos se alegren, ya que los intranquilos igualmente felices serán; el artista que entiende que puede utilizar ese material (uno que es globalizado), se desdobla para verse funcionando como artista y como nodo del tejido social a la vez, comprende que la violencia, la guerra y el conflicto tienen más de una dimensión, muchas veces contradictorias porque algunas son de entrada y otras de salida, a veces hacen señalamientos y otras omisiones.

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Fotografía: Carlos Blanco


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