“El jazz es música étnica”, entrevista a Jacques Schwarz-Bart

25 01 2009



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CHEMA GARCÍA MARTÍNEZ 24/01/2009
Babelia.com

El saxofonista crea nuevos ritmos a partir de la música gwoka en Abyss, disco en el que refleja sus sensaciones explorando el mundo submarino

Es el chico de moda. Jacques Schwarz-Bart, Brother Jack para los amigos, nació en la isla de Guadalupe y reside en Nueva York desde hace una década. Saxofonista, compositor y arreglista, para él, el sonido es lo más importante: “Cada vez que grabo algo comparo mi sonido con el de mis mayores, Dexter Gordon, John Coltrane, Coleman Hawkins… y pienso qué puedo hacer para estar a la altura de mis modelos”.

“Mi madre me llevaba a las ceremonias de tambores que entonces eran consideradas cosa del diablo”

“Utilizo armonías impresionistas al estilo de Ravel y Debussy para expresar la perspectiva que tienes bajo el agua”

En Abyss (EmArcy, Universal), Schwarz-Bart ahonda en el maridaje entre el jazz y la música gwoka, original de la tierra que le vio nacer: “Guadalupe es muy pequeña: el más pequeño de los barrios de Madrid tiene una población mayor que toda la isla. Lo asombroso es que una población tan pequeña pueda haber desarrollado una de las tradiciones rítmicas más ricas en el mundo. En el gwoka existen siete ritmos fundamentales y dos que fueron creados a lo largo de los últimos cuarenta años, y cada uno de estos ritmos tienen su lenguaje específico, sus variaciones, un tipo especial de improvisación y un repertorio de canciones propio”.

PREGUNTA. Usted estuvo en contacto con esa cultura desde niño…

RESPUESTA. Mi madre me llevaba a las ceremonias de tambores que entonces eran consideradas cosa del diablo. Pero yo nunca vi nada parecido a una celebración diabólica, lo único que hacían era tocar música y disfrutar. La vitalidad de esta música me impresionó tanto que le pedí a mi madre que me dejara tocar los tambores. Ésa fue mi iniciación como músico, con sólo cuatro años.

P. Sin embargo, acabó viviendo en Europa y trabajando para la Administración.

R. Y podría haber terminado así, gracias a que conocí a una chica que tenía un saxofón en su casa y no sé cómo ni por qué, pero era capaz de tocarlo. Todas las tardes, al volver de la oficina, practicaba un poco, aun así, ni se me pasaba por la imaginación que pudiera llegar a convertirme nunca en músico. Hasta que coincidí con dos profesores de la Escuela de Música de Berklee que estaban tocando en un club en París y me recomendaron que me fuera a estudiar a Estados Unidos. Lo hice y pocos años más tarde estaba viviendo en Nueva York. Nada más llegar vi a Roy Hargrove, que estaba tocando en Bradley’s con Chucho Valdés y Randy Brecker. Imagínese, tres de mis ídolos, y yo con mi saxo. Había ido con unos amigos empeñados en que me subiera al escenario, y yo diciéndoles “pero estáis locos, ¡me van a echar a patadas y ya nadie va a querer saber de mí en Nueva York!”. Estaba aterrorizado y, al mismo tiempo, sentía el impulso irresistible de subir. Finalmente lo hice y toqué con ellos, y no sólo eso sino que Roy anotó mi número de teléfono y tres semanas más tarde estaba de gira con él.

P. Fue su entrada por la puerta grande en la escena del jazz.

R. Sobre todo que aquel trabajo con Roy me proporcionó una cierta “legitimización” entre los músicos de Nueva York. Más tarde tuve la fortuna, gracias a él, de tocar con grandes cantantes de soul como D’Angelo, lo cual fue crucial en mi evolución porque hasta entonces no me había dado cuenta de lo importante que fueron el gospel y el blues en la música de jazz. Muchos músicos de jazz tampoco reparan en ello. Están muy cerrados en lo suyo, el jazz moderno puede ser tan abstracto y tan cerebral, y al final los músicos hoy sólo saben de las raíces de su música por los libros, no lo han vivido, no saben lo que es tener el blues, sentirlo, y cantarlo y expresarlo sobre el escenario.

P. Tuvo que venir alguien de fuera para que se dieran cuenta de lo que tienen en casa…

R. Como fuera que ocurriera, lo cierto es que yo era sensible a ello. Luego ocurrió que D’Angelo me puso de director en la Voodoo Tour, y eso hizo que pasara a escribir arreglos, y de ahí pasé a arreglar para Erykah Badu, Me’Shell N’degeocello y otros muchos cantantes de soul, y con músicos de latin jazz, funk y jazz. Gracias a esos trabajos me di cuenta de que era posible alcanzar mi sueño de unir mis dos raíces musicales, la música gwoka y el jazz.

P. Abyss (abismo) viene a ser la culminación de ese sueño.

R. Es como decir, bueno, ya hemos plantado los cimientos del edificio, ahora vamos a tocar y a disfrutar. En Abyss he creado nuevos ritmos derivados del gwoka, cambié ciertos acentos, dibujé líneas de bajo que son tan melódicas como las mismas melodías y melodías que son tan rítmicas como las líneas de bajo…

P. Además de los ritmos gwoka hay una presencia de la música gnaua de Marruecos.

R. La música gnaua constituye mi última gran experiencia musical desde que participé en una lila (ceremonia litúrgico-musical) en Rabat. Aquella experiencia cambió mi vida para siempre. Fue algo indescriptible, algo espiritual y físico al mismo tiempo, podía percibir cómo mi estructura molecular iba transformándose según avanzaba la noche, sentía cómo me llenaba de vida…

P. ¿De dónde procede su último disco?

R. Pretendo reflejar mis sensaciones explorando el mundo submarino, un universo que conozco muy bien porque he crecido en el Caribe y es algo que vivo con pasión. En ocasiones utilizo armonías de tipo impresionista al estilo de Ravel y Debussy para expresar la perspectiva que tienes bajo el agua.

P. En Abyss tiene como invitado especial al guitarrista John Scofield.

R. Fue algo que surgió, casi, sobre la marcha. Se me ocurrió enviarle un par de temas de mi anterior disco, le dije que estaba grabando uno nuevo y que a lo mejor le apetecía tocar en un tema, y él aceptó. Tan sencillo como eso. Luego se tomó todo el tiempo que necesitó para familiarizarse con mis ritmos. Yo le veía practicando como un descosido, y pensaba éste es el tío más humilde que he conocido en mi vida. Ahora, cuando veo a todos esos músicos jóvenes paseando sus egos por donde van, pienso en John Scofield y eso me sirve para poner las cosas en su sitio.

P. Uno de los momentos culminantes del disco es su interpretación de André, que usted dedica a su padre, André Schwarz-Bart.

R. Mi padre fue un ser humano tremendo, el resistente más joven en la Segunda Guerra Mundial. Con 12 años, salvó a varios miembros de su familia, fue capturado por la Gestapo y se las arregló para escapar siendo judío. Se unió a los maquis, luego se convirtió en un escritor autodidacta y llegó a ser uno de los ganadores más famosos del Premio Goncourt con su novela The Last of the Just. Posteriormente tuvo el coraje de casarse con una mujer negra en esos tiempos en que el racismo era algo completamente natural, a donde quiera que fueran, la gente les miraba como diciendo: “¡Pero qué estás haciendo!”.

P. ¿Piensa que el futuro en jazz pasa por el mestizaje étnico?

R. La gente se olvida de que el jazz solía ser una música étnica, y todavía lo es. El jazz es música de la tierra, y el gwoka también. Lo que yo hago no es nada extraño, me limito a reunir elementos que encajan de una forma natural. El jazz más reciente está demasiado alejado de esta energía original que viene de África.

Abyss. Jacques Schwarz-Bart. (EmArcy, Universal)

Lea esta entrevista en Babelia.com

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Pie de foto: Retrato de Jacques Schwarz-Bart. Babelia.com


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